Una Simple Reflexión

Hace algunos años, quizás más de veinte, los maestros éramos vistos social y culturalmente como entes extraordinarios, seres con un profesionalismo y nivel vocacional muy elevado, nos consideraban individuos con autoridad e inclusive llegamos a suplir la figura paterna o materna en ausencia, para corregir y guiar a niños, niñas, jóvenes y señoritas con esta importante carencia; en pocas palabras guardábamos un estatus muy diferente al actual.
Hablar del maestro era convenir en una figura de autoridad, respetado por la comunidad y que inclusive era partícipe en la toma de decisiones políticas que contribuían a mejorar la condición del medio comunitario en donde se desenvolvía. Es claro que en la docencia como en otras actividades siempre existirán las comparaciones, y para muchos el maestro rural con las carencias propias del lugar era muy diferente a un maestro citadino que aparentemente contaba con lo necesario para ejercer su labor; pero aún así en ambos casos, la figura de autoridad y de respeto prevalecía.